domingo, 10 de febrero de 2019

El (súper)mercado del arte

Estos eventos concentran, en unos pocos días, la mayor parte de las compras que diversas entidades públicas y privadas realizarán a lo largo de todo el año. De todas ellas, evidentemente es ARCO la más prestigiosa y conocida, y la que más volumen de transacción implica. El resto, JUSTMAD y ARTMADRID, se organizan a su alrededor para cubrir el máximo rango de las posibilidades comerciales (desde las galerías con los productos más convencionales hasta las nuevas manifestaciones del arte emergente, pasando por las galerías importantes excluidas de ARCO). Es de sobra conocido que estas ferias se gestionan en gran medida con dinero público, por lo que los escándalos en lo relativo a sus sistemas de inclusión o exclusión siempre están servidos. Además aportan otras noticias sonadas, que mantienen ocupados a los medios de comunicación durante algunas semanas, tales como piezas chocantes o cifras desorbitadas al alcance de pocos ciudadanos comunes. Mientras tanto, entre escándalo y escándalo, los discursos establecidos en torno al arte contemporáneo se consolidan: desde el tópico de la “tomadura de pelo”, hasta el de la excentricidad elitista, el arte contemporáneo se construye como algo ajeno al ciudadano.
Una interesante cuestión sería el debatir a qué intereses sirve este discurso consolidado sobre el arte contemporáneo, máxime cuando su mantenimiento se refuerza a costa de la exclusión de otras narrativas alternativas de mucho mayor interés sociopolítico, como aquellas sostenidas por muchas de las vanguardias históricas y neovanguardias, que proponían unademocratización de la creatividad mediante un arte más accesible, menos elitista, y sobre todo, menos entregado a los desmanes de los circuitos mercantilistas. Otra interesante cuestión es el papel que juegan al respecto, tanto las instituciones como la financiación pública, a la hora de avalar un discurso que sirve, no ya a intereses privados, sino a un sistema establecido de “burbuja de mercado” que, en el fondo, mina a la propia institución pública, dado que la fuerza a empeñarse en un círculo vicioso de precios cada vez más elevados siempre que pretende una adquisición, que a su vez contribuirá a una escalada de precios del artista consolidado mediante esa adquisición.
En este sentido, el discurso hegemónico del arte contemporáneo, adornado con sus clichés y tópicos habituales, y el sistema especulativo del mercado del arte, parecen servir a los mismos intereses: la consolidación de un entramado deprestigio, que sirve a intereses elitistas, que se sostiene en buena medida con dinero público en virtud de su supuesta utilidad social, y que malversa tanto los fondos como el prestigio que los ciudadanos otorgan, sin ni siquiera cuestionarse el porqué de ese otorgamiento, que se perpetúa tácitamente cada vez que se asiste a estos eventos, tras pagar la cantidad nada despreciable de la entrada, un coste que en ningún caso cubre gastos, pero que se mantiene para alejar a los curiosos, no iniciados, o cualquier otro colectivo considerado “non grato”. El público asistente avala estas prácticas y discursos de adquisición de status social y acceso al poder asociado, de especulación mercantil, de exhibición narcisista de todos los agentes que intervienen en el intercambio y de elitismo y ostentación. Mientras, los artistas se pavonean, diversas instituciones aspiran a aparecer en el mapa tras una adquisición sonada, algunos empresarios persiguen diversificar la inversión, y unos cuantos millonarios buscan hacer algo que les aporte un valor distintivo en este contexto de elitismo y reconocimiento social.
A una distancia adecuada, los ciudadanos se pasean con la boca abierta, casi inconscientes de los intercambios de poder que tienen lugar y de los que permanecen ajenos, aunque se realicen muchas veces en su nombre, o al menos con su dinero. Deambulando entre los stands de la feria, el espectador acude para confirmar lo ajeno que es a esos intercambios, mientras asiente con indiferencia al discurso oficial: que se trata de asuntos complicados, que son evidentemente importantes y deben seguir sucediendo, pero que están fuera del alcance de su comprensión.
Pues bien, en este contexto, el ciudadano podría por lo menos resistirse. Negándose a acudir a ferias multimillonarias de las que se le mantiene alejado. Oponiéndose a que se hable a la vez del interés general del arte y de lo inaccesible de su lenguaje, como forma de justificar presupuestos millonarios y eludir a la vez la crítica. Manifestándose en contra de un sistema excluyente, que se ampara bajo lo específico del tema o el desconocimiento general del mismo. Protestando contra el empleo de presupuestos públicos para financiar el elitismo del mercado del arte, tal y como está planteado. Evidentemente, no se trata de resistirse al arte contemporáneo, ni a su interés general, ni de negarse a que los presupuestos públicos fomenten la creación artística, o el mantenimiento de instituciones de interés sociocultural innegable, pero sí a que se consolide una narrativa en la que “arte” y “elitismo” (a través de precios millonarios) se hagan pasar por equivalentes o lógicamente unidos. Se trata, eso si, de romper la lógica de la burbuja que funciona en tantos ámbitos, y de consecuencias tan desastrosas, deslegitimando el valor especulativo, a través de presupuestos sostenibles y realmente redistributivos. Para ello, existen otras alternativas. Otras alternativas de arte, de mercado y de consumo, que fomenten un uso de lo público más responsable y sostenible. Otras alternativas en las que el ciudadano sea agente activo, y renuncie a la pasividad de delegar en otros la toma de decisiones que le atañen a él.
En lugar de avalar estos eventos, y sus narrativas asociadas, con su visita acrítica y “contemplativa”, podría acudir a otros eventos donde sí fuera partícipeUn barrio con narrativas alternativas. Existen espacios más implicados en esta participación activa y construcción de narrativas comunes. Espacios menos convencionales y más volcados hacia la realidad cotidiana de los ciudadanos comunes, ajenos a los intercambios de poder multimillonarios. Afortunadamente, el barrio de Malasaña es rico en estos ámbitos. Desde el Patio Maravillas (calle Pez nº 21) y su consolidado pero siempre renovado discurso crítico, hasta las diferentes iniciativas vecinales orquestadas desde este diario, tales como la exposición de cierres intervenidos artísticamente, o la difusión del arte urbano que realiza periódicamente, la construcción de narrativas alternativas atraviesa el barrio de punta a punta. Otro espacio volcado en la construcción de narrativas alternativas, y específicamente de las narrativas del arte contemporáneo, es la sala LAPIEZA (calle Palma nº 15). Este espacio pretende elaborar un concepto de arte accesible, en todos los niveles, queprivilegie las relaciones que se generan en los distintos intercambios que tienen lugar, más que el beneficio que se obtiene en términos económicos. Aunque esta estética relacional da lugar a objetos artísticos, éstos tienen el valor que tienen en función de las relaciones que contribuyen a mantener y generar, a nivel microlocal (vecinal y comunitario). En este contexto, el “mercado” que propone LAPIEZA es un intercambio relacional no jerarquizado y flexible, proporcional y sostenible.
Adquirir una pieza no contribuye a ningún tipo de elitismo ni prestigio social ampliamente reconocido ni, posiblemente, tenga valor especulativo. Sin embargo, este intercambio consolida relaciones significativas y subvierte discursos hegemónicos, al deslegitimar las narrativas de “especialización” características del discurso del arte. Cualquiera puede ser “coleccionista”, “gestor de compras” y “comisario” de su propia narrativa de vida, cualquiera puede gestionar creativamente su ámbito de acción, sin necesidad de acudir a ARCO a ver cómo otros lo hacen. Cualquiera puede pertenecer al “mundo del arte”, mediante actos mucho menos ostentosos que los que se promocionan en el circuito consolidado. Pero sobre todo, cualquiera puede dejar de pertenecer a un determinado “mundo del arte” que le condena al papel de espectador pasivo y en el que únicamente es requerido para avalar tácitamente el mismo discurso que le excluye.



BAYÓN EN CONVERSACIÓN CON LLOVERAS
SOMOS MALASAÑA
2011