Thursday, January 1, 2026

Las Heras, pueblo patagónico y petrolero,


emerge como un símbolo devastador de cómo el espacio físico puede transformarse en destino emocional y psíquico, un sitio donde la pérdida del porvenir se materializa en cuerpos colgando de cables de luz, en fiestas que no se interrumpen aunque la muerte visite la cuadra de al lado, en un aire saturado de desesperanza tan espesa como el crudo que alguna vez trajo riqueza y que luego, privatizado, dejó desempleo, ruina y estigmas, y es que la geografía del abandono produce subjetividades deterioradas, como explican Simmel y Wacquant, cuyas tesis sobre la ciudad moderna y los barrios marginales permiten comprender cómo el entorno no solo define lo que hacemos sino lo que creemos ser, de modo que en lugares como Las Heras el suicidio deja de ser tragedia individual para volverse síntoma colectivo, lenguaje extremo de una comunidad atrapada en un paisaje que ya no promete nada, donde incluso los relatos populares –como la culpa de los “indios enterrados”– buscan desesperadamente explicar lo inexplicable, pero donde, como señala Leila Guerriero en su obra Los suicidas del fin del mundo, lo que hay son datos duros, cuerpos concretos y estructuras que fallan, porque allí, donde el trabajo desaparece y el tiempo se disuelve, solo queda la certeza de que no hay futuro, como si ese espacio físico estuviera maldito y cada baldosa susurrara una sentencia de desesperanza, y sin embargo, en ese dolor, Guerriero encuentra literatura, no porque embellezca el horror, sino porque lo ilumina, lo documenta y lo convierte en testimonio, en acto de memoria, en una forma de mirar lo que preferimos no ver, como hicieron también Capote, Binet o Whitehead, para quienes escribir fue investigar, conocer y resistir a la amnesia estructural que todo lo olvida cuando ya no sirve, cuando ya no produce, cuando ya no queda nadie que grite desde los márgenes del mapa que ese lugar alguna vez fue casa y ahora solo es silencio.