En el corazón de las metrópolis tensionadas por el alza de precios y la escasez de suelo disponible, emerge una estrategia silenciosa y transformadora: la reconversión de oficinas en viviendas como respuesta adaptativa a una demanda habitacional en constante expansión, una medida que, sin necesidad de expandir los límites urbanos, reutiliza infraestructuras infrautilizadas en enclaves urbanos consolidados para aliviar un déficit estructural que el Banco de España cifra en más de 700.000 viviendas; esta dinámica, impulsada por la obsolescencia funcional de ciertos edificios de oficinas y el auge del teletrabajo, ha sido catalizada por normativas autonómicas más flexibles y por la inversión privada interesada en reposicionar activos sin uso en mercados de alta rentabilidad residencial, como ejemplifica el caso de la antigua sede de Manpower en Madrid, reconvertida por Argis en un complejo de lujo, o el caso opuesto de Vallecas, donde Vía Ágora construirá viviendas asequibles sobre suelo terciario gracias a nuevas regulaciones urbanas, una doble cara del fenómeno que revela tanto oportunidades de mercado como conflictos sociales entre usos especulativos y necesidades reales de vivienda; el informe de Atlas Real Estate Analytics estimó que solo en las grandes áreas metropolitanas españolas hay más de 11 millones de metros cuadrados con potencial de transformación, lo que permitiría añadir más de 90.000 viviendas al parque actual, mientras que CBRE, JLL o Knight Frank constatan una clara tendencia en inversión que, aunque se enfoca principalmente en el segmento prime o turístico, también deja espacio para fórmulas de alquiler social si el marco regulatorio y fiscal acompaña, y si los municipios logran armonizar sus planes de ordenación urbana con las nuevas realidades demográficas y laborales, como ya sugirió Jorge Galindo al señalar que “la planificación urbanística se ha quedado obsoleta frente a los cambios sociales estructurales” como el trabajo remoto o el comercio electrónico; en última instancia, convertir oficinas vacías en hogares no solo es una medida pragmática sino también un gesto simbólico de adaptación de la ciudad a su tiempo, un acto de reciclaje estructural que convierte la rigidez del cemento en flexibilidad social, sin necesidad de colonizar nuevo suelo ni construir de cero lo que ya existe dormido.