lunes, 7 de abril de 2014

GÉISER


Comienza la voz en off. Son ya las nueve. Abro las ventanas del balcón y el sonido se amplifica. Los motores entran hasta la ducha. Agua muy caliente. Atravieso el mercado como cada día, por ver los ritmos. Todo está limpio, recién barrido y fregado. Subo las escaleras y tomo café en el balcón de esquina del café Córdoba. Los jóvenes camareros son extremadamente amables. Otro capuchino. Dejo algunas monedas a los viejos vagabundos de la calle López. Dios le bendiga. Subo al atelier. Trabajo hasta el mediodía muy concentrado. Bebo agua y me como los diez higos que usé para la instalación de hoy. Las zanahorias han comenzado a oscurecer. Edito algunos vídeos. Escribo mails. Posteo. El cuerpo me pide calle y salgo al ruido de nuevo. La avenida viene repleta de motores. La llamada de las pastillas milagro suena a milagro real. Si le arde, si le duele, si ya no quiere ni salir de noche. La grabación dura unos minutos y vuelve a exhalar su hedor en bucle. Es el momento pleno de ventas y ajetreo. Paso ligero entre los tianguis, que venden comida, música, películas, cinta americana y pilas. Cada uno en su puesto portátil, que recogen cada noche, y guardan en oscuros almacenes de la zona. Cada mañana se monta de nuevo. Las montañas de basura se limpian de madrugada. Con grandes ratas pardas dándose el festín. Cruzo siempre la avenida en la esquina, donde no hay semáforo, corriendo. Camino hasta la parada de metro Balderas, no es la mas cercana, Salto del Agua está justo en la puerta del hotel, pero no es línea directa. Voy todo recto por Arcos de Belén, voy esquivando los puestos de tacos. Las carnitas están bien hechas, esperando su momento para ser picadas en la madera y entrar en boca. No es mi hora de carnes, compro unos dulces en una panadería pequeña. Me gusta el ritmo de la exposición. Coger la charola plateada y las pinzas y servirte a placer. Mirar mientras te envuelven cada pieza en plástico y te cantan el importe. Se paga en caja, que es apenas un huequito, no se ve a nadie, pero el hueco me da el cambio y los buenos días. Ricos los panes de hoy, la idea es probarlos todos. Llevo buen ritmo. Balderas tiene muchos puestos de tacos. No comas en las salidas de los metros me dijeron varias veces los defeños. No hago caso. La fruta cortada y los tacos de canasta, las tortas con quesillo y las mazorcas con mayonesa. Los perritos con bacon y las jicaletas picantes. El metro viene rápido. Va tranquilo. En el vagón entra un tipo joven con una mochila con cara de vendedor, actitud física de venta. En lugar de sacar las típicas golosinas a cinco pesos o compilados en emepetrés, saca un fajo de mapas del DF y los canta como los mas actualizados del momento, con todas las calles. 10 pesooooooos. Me rasco el bolsillo, solo tengo un billete de doscientos y algunas monedas, apenas 8 pesos. El chico me mira. Le digo que no tengo suelto, solo ocho pesos. Estira la mano. Dame lo que tengas. Que dios le bendiga. Para el tren y desaparece con los mapas. Me queda uno que pliego y guardo, mi primer mapa del Df. Igual me va a hacer falta. 

Llego a Coyoacán. Faltan unos minutos para que empiece el pase. Callejeo y llego a la Cineteca. Es edificio nuevo, muy esponjado, entre edificios altos de oficinas. Hay un par de cafeterías con gente comiendo y una proyección en pantalla gigante, al aire libre, bastante gente tirada en mantas viendo la película. Es una ficción mexicana moderna, reconozco en la trama el lugar donde sucede, es en la entrada del cine donde vi mis primeras películas al llegar, un cine comercial del Paseo de la Reforma. Los días vividos en la calle Colima exploraba esa zona. Unos tipos jóvenes planean el robo del dinero de la caja del cine. Desconecto. Salgo a la verja de entrada. chicas jóvenes con una bici tienen algo en venta. Que tienen les pregunto. Empanadas calientes. Me intereso y murmuran los diez tipos, a 10 pesos cada una, las de carne a 15. Dame dos, una de setas y una de berenjenas con ajonjolí. Me las como mientras subo las rampas para llegar a la sala. Hay una larga cola que la puerta devora rápidamente. Me pongo muy cerca de la pantalla. Los asientos son comodísimos. La sala está repleta. Sale una chica y presenta brevemente la proyección. El pase cierra el ciclo de Chris Marker del festival ambulante de documentales, que arrancó en DF esta semana y visitará varias ciudades más. Son dos documentales, uno corto y uno largo. El primero apenas dura media hora. Es un homenaje al cine tren soviético. Interesante. El cine tren es un cine vanguardia que se desarrolló tras la revolución rusa para grabar y proyectar en lugares donde llegaba el tren como acción directa. Una suerte de cine propaganda usaba el cine como herramienta artística de cambio social. Las imágenes de la época son muy bellas. La película la narra uno de los cineastas del cine tren, ahora ya viejo. De forma locuaz cuenta, como recorrieron en el tren, durante un año, los 30 artistas, muy apretados, apenas un metro cuadrado por técnico, grabando en fábricas y en zonas rurales. El proyecto asumía la velocidad como concepto. Revelando, editando, montando y proyectando in situ. Me gusta ese ritmo. Grabo, edito y pongo en red cada día mis capturas. Voy montando mientras camino. Monto mientras grabo. Grabar a los campesinos y a los obreros, y después mostrarles la película para revelar fallos en la cadena de producción, siempre con humor e ironía. Las críticas eran bien recibidas por los campesinos, que experimentaban la dificultad de la colectivización de la forma de producción impuesta por los soviets. El documental se cierra con la voz en off que habla del tren como metáfora, con imágenes de rodamientos de tren a toda velocidad. La idea sigue fresca. El viejo sigue narrando, los medios eran escasos y la vida muy dura, pero éramos jóvenes y queríamos hacerlo. Esta idea de la juventud todopoderosa me interesa. Arranca el segundo, algo mas largo y complejo que el anterior. Complejo por las diferentes capas de sensibilidad y conocimiento que requiere el entendimiento de la esencia del montaje. Chris marker maneja los tiempos con una mirada abierta y un gran conocimiento del cine. El documental es una elejía, una ofrenda a la vida de Andrei Tarkovsky, cineasta ruso, que es retratado en su agonía en el exilio, donde recibe a su familia, a la que lleva años sin ver. Marker graba la intimidad del encuentro y las lágrimas. El documental repasa la trayectoria de Tarkosvsky, y su incansable afán por elevar el cine a gran arte, y acercarlo en la calidad a la pintura y a la música. Sus siete películas, de las que se muestran fragmentos, contienen personajes en la búsqueda de significados existenciales, con la presencia abrumadora de los elementos naturales. La proyección termina y salgo al fresco con la mirada nítida. Callejeo hasta el metro. El vagón viene repleto, entro a gran presión pegado a la puerta. Miro al frente y veo todas las cabezas, miro hacia atrás y veo todas las cabezas. Llego a Balderas, todo está ya recogido. La noche en DF. 

Camino hasta la López, ya bien oscura y sin gente, y digo provecho al entrar en la taberna donde me gusta cenar. Es de los tugurios mas pequeñas, apenas una barra con ollas calientes a la izquierda y taburetes hacia la barra y hacia la pared, con un paso mínimo entre las espaldas. Está medio vacío, ya es tarde. Durante el día hay colas para comer. Caben unos 10 comensales apretados. Toño me sirve consomé, ya me conoce de otros días. Es un caldo caliente con un hueso de pollo al que añade arroz blanco. Le estrujo un limoncito y le pongo algo de picante. Hay una olla exprés a mi lado, el borde de mi plato la roza. Está bien cerrada pero con el quemador a tope. Toño conversa y ríe con los muchachos que trabajan con él. El mas joven lavaplatos repasa las ollas y otro, mas mayor, el que cobra, charla con una chica que cuenta simpáticas historias de borracherías. A cucharadas hago desaparecer el caldo. Les pido un agua. Hay de tamarindo. Venga. Quieres mas arroz? No, ya tuve en el consomé. Otros días tomo lentejas de primero y arroz con frijoles de segundo.  De noche me salto un plato. Pregunto que hay en las ollas, repletas de masas burbujeantes. Toño mueve una cuchara y me dice que es pollo. Me sirve dos trozos y renueva la cesta de tortillas, que constantemente está recalentando en la plancha. El pollo está muy sabroso, tipo filete ruso de pollo, muy jugoso, con salsa de tomate. Ya lo estoy terminando y la olla exprés entra en erupción. La situación es hermosa. La olla proyecta su vientre hacia arriba con violencia. Pego un salto hacia atrás, los muchachos ríen, debe ser normal. El resto de comensales ni se inmuta. Un géiser de vapor morado sale por la ranura, bañando todo de jugo morado. Mi silla se moja bastante. Toño le echa un trapo sucio encima y me hace alguna broma. Sigo de pié. Ya me iba. Me cobran, 35 pesos mas 5 por el agua. 40 pesos. Dejo 50. Gracias patrón. Salgo a la noche, solo quedan algunos rezagados plegando sus hierros y acumulando todo sobre ruedas. Plásticos, ollas, quemadores y cajas, todo bien atado. El lobby tranquilo. Saludo al recepcionista nocturno. Subimos en silencio. Destapo la botella de mezcal.