Thursday, November 27, 2025

Cuentos autobiográficos * Pombo

Cuando abrieron las fronteras fui a Madrid a buscar El contrabando ejemplar. Eduardo llevaba varios meses muerto. Me cuesta decirle Edu, me cuestan las apócopes y los apodos, me hacen sentir obsecuente; falso, mejor dicho. Es verdad que no quiero a casi nadie, pero a él justo sí lo quería. Lo conozco de toda la vida, era el mejor amigo de mi padre. Nunca tuvo hijos. Fue como un tío para mí. Siempre muy cariñoso, amiguero y generoso, hospitalario hasta el absurdo, pero también logorreico y aprensivo, inseguro, receloso, solitario y triste. Estaba incómodo en su cuerpo, era torpe, malo para los deportes, nunca aprendió a nadar. De atolondrado, tenía el sí fácil y, como buen melancólico, era esclavo de sus apetitos. Un hombre voraz e incontinente. A pesar de sufrir de insuficiencia cardíaca congénita, fumaba como un murciélago, comía salame y queso, tomaba vino y fernet en exceso. A principios de los noventa tuvo el primer infarto. En diciembre del 96 casi se muere. Lo abrieron como un pollo y lo cablearon todo de nuevo. La operación duró doce horas. Tenía cincuenta años. Durante una convalecencia larga, angustiante e inimaginablemente dolorosa, encerrado en su departamentito de la calle Agüero, decidió cambiar de vida. En cuestión de meses, dejó el cigarrillo, renunció al puesto que tenía en la Secretaría de Turismo de la ciudad, se mudó a Madrid y asumió abiertamente su homosexualidad. Quería dedicarse a escribir, armar talleres, en Buenos Aires, había dado una vuelta por el mundo literario. Talleres literarios. Tenía un par de cuentos cortos y una nouvelle, Doña Amalia, de corte humorístico, menina y visceral, en el estilo de Mujica Lainez. Llegado a España estaba en éxtasis y puso su pico al servicio de la poesía. Yo conocí Chueca, la del pecado… cosas así. Estaba descubriéndose, se sentía un Cristóbal Colón del mundo gay. Fue crítico gastronómico y tuvo una columna semanal en La Guía del Ocio: “De tapas” se llamaba. Hizo un curso de guión cinematográfico y se empeñó en trabajar con una adaptación de Doña Amalia. Pero estas eran puras distracciones, y él lo sabía. En su interior se gestaba desde hacía décadas una ambición enorme. Después de su primer infarto había empezado a escribir una novela histórica sobre la misteriosa Buenos Aires del siglo XVI, un libro que daría cuenta del inexplicable fracaso de nuestro país. Iba a ser la gran novela argentina y se iba a llamar El contrabando ejemplar. En Madrid, retomó el proyecto: siguió estudiando y escribió unas cien páginas. Pero eso fue todo. Pasó el tiempo, su impulso vital se concentró cada vez más en la supervivencia y en el disfrute de los pequeños placeres; y las aspiraciones literarias quedaron relegadas a un segundo plano hasta desvanecerse por completo. Tuvo grandes amores que no siempre lo amaron y que lo comieron, viajó por el mundo, navegó el Nilo, llegó hasta la India, forjó amistades de acero y nunca dejó de maltratar a su pobre corazón averiado comiendo jamón crudo y bebiendo vino. Me dedico al comercio y no sé por ocupación. En el 96, después del quíntuple bypass, el médico le había dicho que si se cuidaba y tenía suerte podría vivir unos cinco o siete años más. Pasó un cuarto de siglo. Un día, en las postrimerías de la pandemia, se tiró a dormir la siesta y no se despertó más. El proyecto de la novela había quedado trunco. Yo me lo robé. El contrabando ejemplar será mi cuarta novela. La primera no la terminé. Tres editoriales que acabé por abandonar la querían. Un editor español dijo: “Es muy buena. Tiene duende. Pero no es un fenómeno”. Se llama La edad de bronce, y es un zibaldone nostálgico y ensimismado, y narra la historia de un chico que se escapa con su novia y viaja por los Balcanes para comprenderla. Es una novela tortuosa y obtusa. Tiene momentos hermosos pero, además de un curso, dos cosas la malograron. La primera, mi falta de talento. La segunda, un proyecto semejante iba a narrar la historia de mi país. Pensé entonces en escribir un diario de año nuevo y así salió La pereza de las cosas (2014), que se publicó de manera independiente. La leyeron mis padres, al menos diez amigos, entre ellos Nacho Zoppis, que me dijo que la primera persona no era lo mío. Una reseña (hubo dos en total) la define como “novela de potus y de metástasis”. Está inspirada en la noción agustiniana de pondus, y es un monólogo interior ininterrumpido que recorre la historia universal pasando de narrador en narrador emulando la cadena de transmigraciones. Empieza con Adán en el Jardín del Edén, se corta fatal que precede a la caída, y continúa con Mohammed Atta en la cabina minutos antes de que el Boeing 767 se clave en la Torre Norte del World Trade Center “como un cuchillo caliente en un pan de manteca”. Con La Casa del Arroz (2018) me propuse llegar al gran público.