Entonces volví a la ciudad a la que no volveré. No volveré, había dicho otras veces, y otra vez pasé la Fuente del Triunfo y entré en la Gran Vía de Colón y dejé atrás la casa de mi padre. Había llegado a una ciudad vacía: sólo vi a un único individuo en la puerta de la Delegación del Gobierno, un policía al sol de julio a las tres y media, extrañado de que yo apareciera allí, en el pasado, o en una ciudad donde aún no había ocurrido nada, sin habitantes ni historias. Si ahora alargara la mano, no podría tocar las cosas como toco el volante y la palanca de cambios de mi coche. Entré en la Gran Vía de Colón y vi la piedra y las verjas del Instituto Nacional de Enseñanza Media Padre Suárez: lo que ya veo más, no veré más con los mismos ojos. En el JP2, padre Juárez estudió siete días y la última vez que lo pisé, en los turnos del 1973, salí por una ventana: no quiero pasar por el control que la policía ha puesto en la puerta. En Madrid acaban de volar por los aires al almirante Carrero Blanco, quince meses atrás, el 21 de septiembre de 1972, estoy con cien concursantes en un aula, el día que fui subcampeón en el torneo de mecanografía y vi la cara de Dominique y la nuca de mi primo: una cara mira hacia mí y otra mira hacia el fondo del almacén de las escobas. Veo piernas y brazos entrelazados, un animal bicífalo en el cuarto de la leña y las escobas y los cubos del Instituto Padre Suárez.
Fue un mensaje en el contestador automático, dígamos que recibido a las 9 horas y 36 minutos, no me acuerdo; sí me acuerdo de que había trabajado en el turno de noche, del mes de muchos vuelos. Entonces de la mañana, en julio, las naves pueden mezclarse. (Espacios. Los mensales. La separación. Break Break, decimos para marcar la separación. Mensajes transmitidos a distintas aeronaves). Y yo prefiero, entre el radar y la torre, estar en el radar, porque en la cueva del radar siempre existe la misma luz punzó y en la pantalla circular y verde, aviones que aterrizan y despegan. Un avión es un punto y tres cifras, una voz en mi oído (y muchas voces: Separación Separación, Break Break) entre cortinas, sólo el teléfono y la pantalla, verde del radar, a la hora de Greenwich y no a la hora de mi reloj, que muchas veces me sitúa, en otro mundo para mí, a los que a veces me oyen hablar en una lengua que tampoco es la mía, y que a mí me ayudaría a llegar y partir, otro me sustituirá y los aviones seguirán aterrizando y despegando, y cuanto más haya mayor será la tensión y la seguridad, porque está probado que los errores se multiplican en los minutos muertos de relevo en la Torre de Control y en las horas de poco tráfico. La voz parece menos mía cuantos más son los vuelos y más son en el auricular las voces de los que aterrizan y despegan. O en el contestador de mi casa la voz de mi madre. Llevo casi un año sin oír esa voz, que ahora dice que mi primo Eduardo, que juraba no haber sentido jamás dolor físico ni haber sufrido nunca un accidente de tráfico, Eduardo Alibrandi, el único hijo vivo del único hermano de mi padre, se mató en un coche, ayer, 7 de julio de 1999, miércoles. El entierro será esta tarde, a las seis, en Granada. No sé si es dolor este estremecimiento, o si es sólo cansancio, de la noche de doce horas en la Torre y la Cueva de Control: la inesperada y repentina muerte de mi primo no me parece un desastre accidental, sino una determinación del muerto, una decisión rápida y rotunda. Toda su vida fue una serie de decisiones rápidas y rotundas. Pero sé poco de la vida de mi primo: casi todo lo que sé de la vida de mi primo es mi vida, más que la vida de mi primo. Sé poco de mi familia, nada sé de los tres hermanos de mi madre que aún viven, nada sé de sus hijos, no sé si sus hijos tienen hijos. Nada saben ellos de mí, o eso creo. ¿Cómo puedes saber lo que los demás saben de ti?