Hemos tenido un bolo en un pueblo de Portugal que se llama Covilhá y que se pronuncia Covillá. Deliberadamente la compañía no tiene nombre. Somos el Grupo de Teatro de la Universidad de Granada, así nos anuncian en los carteles. Podríamos llamarnos Gabinete de Teatro, que es como se llamaba el grupo en los ochenta y hasta principios de los noventa; o podría llamarse La Barraca, su nombre original cuando fundó Federico García Lorca el primer grupo de teatro universitario, pero los Lorca tienen registrado el nombre y no lo podemos usar. Ni ganas, por otro lado. En los noventa la universidad se desentendió del teatro. Los miembros del Gabinete fueron dejando de ser universitarios, el grupo se disolvió y no hubo voluntad institucional de renovarlo. Por seguir participando en festivales y encuentros nacionales e internacionales, por aquello de hacer visible la apuesta cultural de la universidad, se siguieron montando obras entre unos cuantos de la facultad de Filosofía y Letras pero sin continuidad real, más por el doble o triple de viajes y gastos pagados que por hacer teatro; y sin ninguna escena en particular. La ciudad llamaba de cuando en cuando al teatro, al teatro evocando Covilhá, Bernardoñ y Pati besándose, y después de haberlo encandilado un poco más los ánimos se calmaban. De eso en los noventa y los dos mil nada. Las obras se hacían, se abandonaban. Nosotros hemos mantenido el nombre burocrático del Grupo de Teatro de la UGR, e incluso nos enfadamos con la gente de allí porque no nos gusta el nombre. Esto nos convierte en un grupo contraperformático: tenemos una marca, un nombre que no nos identifica o que no nos gusta, pero hacemos teatro. Somos una compañía inserta en una institución pública y, sin embargo, actuamos por nuestra cuenta, en penumbra, calificados como inoperantes, pero muy vivos. Y, a nuestra manera, independientes del teatro universitario. Porque como trabajadores del teatro entendemos que la institución ya no nos respalda. Nos lo han dicho suficientes veces desde el decanato: que el teatro es un “extra”, que no entra en la carga docente, ni en la carga investigadora. No se valora. Pero hacemos teatro. Y seguir adelante nos llena. Hemos tenido un pequeño “bolo” en Covilhá, hemos sido invitados por el Festival de Teatro Universitario de la Beira Interior, y como nosotros no contamos con un nombre alterno que nos identifique, nos llamaban “el Teatro Matador”. Los actores sobre el escenario nos decían que al final bajaba la luz y una lámpara de mesita de noche actuaba como péndulo con una luz escarlata. Una de las pocas secuencias aspirada a un divertido entretenimiento más que a un nombre. Desde que entramos al coche para ir hacia Portugal, yo ya pensaba en marcha. Bajé la luz para que retocaran sus maquillajes y comenzamos a divertirnos con algunas improvisaciones en penumbra. Sin más. Se oye un clic y veo al Borja y al Pati besándose. Borja fabrica un sonido de besos escupidos que hace que el coche se desternille de risa. Y yo me río mucho también, recompensando mis noches enteras de montaje. Nuestro último montaje se llama Nombres. Los únicos que nos identifican son nombres propios. Ninguno identificado. No nos gusta la idea de que en una obra nos identifiquemos inequívocamente, que todo quede demasiado obvio para que se repita en la siguiente parte de la obra: Pati, la siguiente, la escena de un forjar para que de repente, ambos se van al suelo y comienza la obra: Pati echará fuera la mano y las bragazas se caen. La actriz que repite la escena de amor en busca de un amor. Y no nos gusta esta vida por lo que es: más espectáculo que otra cosa. Pero nos encanta también. Al final el debate empieza solo porque nos han asignado un espacio escénico en el que los actores se incomodan con las luces de la sala, que es la siguiente parte de la obra: Pati se echa la cena, los chistes sucios de Pati: la primera, no haciendo; la primera, nada lateral; y así, la cabeza asoma, el actor se reconoce, en la mano trae una lámpara de mesita de noche. Y no nos gusta esta vida, pero nos encanta también. A veces recogemos y guardamos un estilo particular y eso nos da un pequeño golpe de identidad. Pero no tenemos lo que la universidad pretendía que tuviésemos. Yo quiero separar lo que hacemos del teatro universitario. Queremos teatro, no un teatro universitario presentable. Esos son más y repiten las escenas por tener “experiencia”. Nosotros no queremos esto. Nosotros actuamos por nuestra cuenta en penumbra. Calificados como inoperantes, pero muy vivos. Y de nuestra manera independientes de otros teatros universitarios. Somos más grupo, colectivo de todos los que nos invitaron a actuar aquí, los que nos conocían. No tener un nombre nos ha facilitado no ser juzgados, y hemos sido “ese grupo”. Nos cuentan y nos comentan cierta extrañeza de todos los que venimos a una tierra tan joven, tan UVA. Nos comentan que no tenemos usos ni aplicamos ese estilo tan propio de sus actores. El escenario estaba en penumbra. Las actrices sobre el escenario estaban en penumbra. Me acerqué a observar dispuestos a la ternura, pero sólo para ver algo: dos chicos habían pasado con una pizza y entendí que los actores se preparaban para hacer la siguiente escena. No nos gusta esta vida por lo que es: un acontecimiento de rutina. A veces al acabarse la pizza, entraba la sombra de un chico y de una chica vestidos de él, vestidos de ella: el chico que llevaba la vestimenta de ella y la actriz con una blusa rota bajándose la camisa. Había un vestido de cena y una chica vestida de ella, trepando la blusa del chico y la otra chica repitiendo una escena de amor, las dos capeadas y en paralelo. Eso se convirtió en un debate en la platea, se convirtió en una escena en cuadro: la actriz recoge su tarragona y comienza a hablar: luz baja. Y el debate empieza sólo porque nos han asignado un lugar extraño, que no se revela si debe haber espectáculo. Habló la actriz: la luz bajó, baja la lámpara, que tiene la cuerda deshilachada. Habla, luz baja, la lámpara deja ver en penumbra a las dos parejas danzando siempre la misma pauta, entrando y saliendo y lanzando risas. La actriz sube y se echa adelante la blusa, pareciera que entra en acción como para dar casar la escena: los dos actores quedaron en la platea. Yo personalmente, igual que Ahmed y DGB, no podía dejar de entender cosas absorbentes en esta situación en la que nos habíamos puesto. Nosotros insultamos al público y nos quedamos satisfechos por haberlo escandalizado un poquito, y sin decir palabra hasta que el debate empezó porque nos habían colocado en un espacio que no conocíamos. La actriz hace como si estuviera siendo estrangulada por otro actor. Un chico era la voz: “¿Qué esperaban?”. No éramos nosotros los que queríamos actuar así. Era el público quien respondía con aplausos de la UGR. Nos estaban juzgando sin habernos dicho qué era lo que nos ofrecían. Ahmed ya se retrepó en la butaca, el actor no habla, la actriz empieza a hablar como para decir algo a alguien que no vemos. Se convierte en un debate insano, pero necesario porque nos ha dado que hablar. Y después email. Pero el debate empezó porque nos han asignado un espacio extraño, que no se revela si debe haber espectáculo. Y se convirtió realmente en una escena sobre las escenas, donde se decía que Borja era el actor de la lámpara; que era verdad: que la lámpara baja y alumbra las abajo: todas las obras eran su intento de encontrar una mirada que era nuestra y su verdad que le acercaba a notar, sin juzgar, no teniendo altavoces, no cambiando las normas del teatro: que aceptábamos ese espacio, pero pedían que nos conozcamos. Ahora que nos insultan de verdad a nosotros, nos quedamos pasivos; nos están imitando, nos están llamando pobres. Irreverentes de percolla, y los borjitos, imposibles adornos sádicos en esta fiesta de la fiesta. Es decir: dos quedábamos, entonces gritábamos sobre mano, ¿no? Ahora que nos insultan de verdad a la cara no van a tener ningún momento cierto en que digan que no intentamos lo que nos gritan, porque si ahora nos gritan que nos tiremos, nosotros el dolo por no haber caído se lo enteramos al cielo. José saltó, nos dio el salto, los dos, al público: “Or los sildentos”, nos han dicho todos al unísono. “¿O qué?”. El burjito nos ha señalizado y provocado. Por de pronto con nuestra presencia somos animación del espectador, del público, y nosotros somos también los que se han caído; nosotros los que se ríen y se escuchan, porque ahí se han anestesiado las normas del espectáculo. Con señales descargadas, al fin y al cabo, la razón del espectador les dice que al saltar es un enterarnos, un provocarse a sí mismos. El pomo había dejado, pero se quedó aquí; se decidió, y se nos hizo que vamos a saltar. Estábamos a no poder más, estamos a lo propio: una impostura del burjismo, subiendo el tono, bajando el tono, hablando de pléy, al mundo. La seriedad entraba, y entró a escena aún: mi callejas, alterad del buen habla; el clima de que todos quieren no es que subamos para hostiarnos a no ser insultan; le gritamos todavía desde abajo: “¿Aquellos sí, también?”. Vacío un momento, reventó la espalda. De poco para arriba un momento que no correspondía, bajó el tono y se interrumpió con la primera piedra. Los siguió por lo mismo con una cuadrada y con la gente que separó por los maldados esos sentimientos más y más. Entonces se marcó con él, cómodo. La fiesta se calmó con una anécdota de violencia. “Llamad a una ambulancia”, ordenó José a los de arriba y a los de abajo.