La mesa la pusieron en mitad de la nada, en un lugar de paso, sin ventanas. Sonaba un ronroneo constante, quién sabe de qué aparato o cosa. Dejé el bolso y la carpeta encima de la mesa, el chaquetón en el respaldo de la silla y me senté a esperar tal como me había indicado el ordenanza. Allí en medio, entre sombras, solo se oía el ronroneo, nada más, y sus mínimas variaciones cada pocos segundos, como un cuerpo asfixiado cogiendo a duras penas bocanadas de aire. Frente a mí, la pared color crema; a la izquierda, el recodo que llevaba a los despachos; a la derecha, la puerta doble con ojos de buey por la que yo acababa de entrar. Era una mañana fría de invierno, apenas había amanecido, la luz me hizo pensar en la textura porosa de la cera. Tuve la sensación de haberme colado en un edificio vacío. De estar ocupando ese sitio por error. Había un ordenador sobre la mesa, con su teclado y su ratón. Un ordenador no muy nuevo, amarilleado por el tiempo, con pegatinas corporativas y una etiqueta con un código de barras. Tras unos minutos de indecisión, pulsé el botón de arranque. La pantalla se tiñó de azul, luego de blanco y al final de un brillante tono verde manzana. En el escritorio, uno a uno, fueron apareciendo distintos iconos. Moví el ratón con cautela, cliqué sobre ellos. No conducían a ningún lado o me pedían contraseñas de acceso que yo no conocía. Apagué el ordenador, saqué los papeles que había llevado y los coloqué ante mí, primero en una pila, todos juntos, después extendidos para que ocuparan más espacio. El ronroneo había dejado de sonar.
Esperé. Eran más de las ocho cuando oí a los primeros funcionarios. Llegaban poco a poco, como en tandas: a las ocho y diez, a las ocho y veinte, a las ocho y media, a las nueve, a las nueve y veinte. Saludos, carraspeos, toses, alguna risa, pasos lentos y otros más rápidos, entremezclados. Todos giraban hacia el lado contrario. Yo intuía sus siluetas a través de los ojos de buey de la puerta, manchas borrosas que aparecían y después se hacían pequeñas y desaparecían. Continué en mi sitio escuchando a toda aquella gente que se metía y no sabía dónde, preguntándome por qué nadie se dirigía hacia los despachos. Me levanté y recorrí el pasillo lateral con sigilo, como si estuviera contraviniendo una norma. Tres cubículos acristalados, de una sola plaza cada uno, continuaban a oscuras. Al fondo había un aseo, y lo que parecía ser un aseo, quizá un pequeño almacén, o quizá nada, solo una puerta ciega de emergencia. En los carteles junto a cada cubículo no se distinguían nombres, solo cargos. JEFE DE NEGOCIADO. JEFE DE NEGOCIADO. JEFE DE NEGOCIADO. Tres jefes de negociado. Toda una ironía. No había aparecido ninguno. Sin sacar de la cartera, volví a mi mesa. A las diez y media la puerta de los ojos de buey se abrió. Un hombre alto, más bien flaco, con maletín, abrigo largo y aspecto de estar sumamente concentrado en lo que hacía, pasó por delante de los cubículos. Buenos días, dijo. Buenos días, respondí. Aquel ser espectral giró la cabeza y fue hacia los despachos. Una luz se encendió. ¿Jefe de negociado uno? ¿Jefe de negociado dos? ¿Jefe de negociado tres? El silencio se adensó tras su paso. Imposible saberlo. De manera que estaba ahí sentada tonteando con el móvil cuando al fin se presentó un funcionario. Hola, me dijo. Hola, le dije. ¿Tienes línea de teléfono?, preguntó. No, respondí. Vale, ahora te la instalo. Se fue. Volvió a la media hora con un aparato. Lo conectó, probó la línea, iba bien. Este es tu número, me dijo. Para llamadas internas solo se marcan los cuatro últimos dígitos. Para llamadas externas, tienes que marcar primero un cero. Aquí es centralita, aquí admisión, aquí asistencia técnica. Se notaba que había repetido lo mismo muchas veces, porque lo decía sin entonación, como un maquinal timbre metálico. Parecía joven, aunque algo muy viejo se escondía tras su voz. Era peligroso, sus ojos carecían de brillo, toda la ropa le quedaba espantosamente grande. Le pregunté si conocía a la asesora jurídica. Me miró fastidiado, chasqueó la lengua. Ni idea, me dijo, cómo voy a conocerla, yo solo soy asistente de microinformática. Entonces, ¿no eres funcionario?, pregunté. No, soy de una empresa externa, contestó. Yo le dije que tampoco era funcionaria, que había entrado de ese modo en una interinidad por vacante, y que era mi primer día. Pues bienvenida, respondió con frialdad, ¿necesitás algo más? Dije que no y se fue. Tenía ordenador y tenía teléfono.