El viejo Mitsubishi Lancer marca treinta y seis grados de temperatura a las diez en punto, justo cuando Travis enfila la calle Doctor Fleming en tercera. Suena The White Stripes a todo volumen. Ya no es exactamente de día, pero no se ha formado todavía la noche. Es la hora hipotética. No se ve el sol en el horizonte, aunque queda su eco, asfixiando a la metrópoli de calor. Dentro del vehículo repiquetean muchos ruidos distintos, roncos, finos, crujientes, fantasmas, que proceden de no se sabe qué piezas y rincones. No funciona desde hace una semana el aire acondicionado y en el habitáculo se respira un calor enlatado. Es un calor dentro de otro calor, más enfermizo cuanto más interior. Deja de acelerar, pisa el embrague, toca levemente el freno y se sube a la acera con un volantazo. Ni reduce a segunda. El coche da un brinco, como el corcovo de un caballo de rodeo, que despierta nuevos ruidos; parece que vaya a desarmarse, y cuando se estabiliza, Travis frena fuerte, porque más o menos hay un banco y en el banco una mujer de unos cincuenta años sentada, con las piernas muy abiertas, mirando al cielo, al lado de una bolsa de plástico, en la que pone Modas Rossy. La mujer gira despacio la cabeza. Queda a la vista que le sobra un diente, un hueco señalando por la presencia del Mitsubishi Lancer. Travis tira del freno de mano con fuerza. Suena como un trueno lejano, solo que cerca, justo a su lado. Su mujer siempre le ha dicho que esa violencia de arrancar de cuajo, y por ahí empezará de nuevo, pieza a pieza el coche, en un efecto dominó al final del cual no quedará nada en pie salvo el motor, Travis y el asiento. No saca las llaves del contacto. Una maniobra implica un tiempo precioso para el que no puede gastar. Desciende a toda prisa. Una ola de calor abrasante se cierne sobre él con una violencia impensada. No vigila si vienen otros vehículos y cruza los cuatro carriles hasta la acera de enfrente corriendo. Cuando llega, la farmacia Rocamador cierra la verja. Mira el reloj. Suda y el sudor parece fiebre. Deja una bala un gota desde la frente hasta casi la boca. Deja un surco brillante. Se le derrite la vida entre las manos. Las cosas estranguladas por los treinta y seis grados de temperatura. No puede creer lo que está pasando: no llega a tiempo por un minuto. Un asqueroso, pobre, patético minuto. Pero qué hijos de puta, masculla, cómo puede un negocio así cerrar con semejante puntualidad. ¿Es que somos suizos? No obstante, recuerda que si ese semáforo en rojo, habría llegado a tiempo; si no se hubiese detenido a lavarse las manos antes de abandonar el trabajo, también; o si no hubiese cedido la entrada de la rotonda a un par de coches que venían despacio. Pero perdió un minuto en algún momento del día, quizá en varios, y ahora tiene que buscar una farmacia de guardia para hacerse con pañales y no tiene ni idea de cuáles están abiertas. No necesitaría pañales desesperadamente si la última vez que compró hubiese cogido cuatro paquetes en lugar de tres. Decisiones insignificantes que se complican cuando se pierden de vista, por el efecto de la mala suerte, y al cabo del tiempo acaban por ocasionar molestias enormes. Las cosas pequeñas que antes eran nada, y de golpe se vuelven notables. Es la historia de casi todas las vidas. Cuando te das cuenta de que un menudo y pequeño cambio no se conforma con ser eso, modesto y solitario, es tarde y ya solo te queda hacerlo a un lado para que no te pase por encima una tromba de vicisitudes. Piensa en esto mientras entra en el coche y busca en Google la farmacia de guardia más próxima. La mujer del banco sigue en la misma posición. No se sabe a dónde mira. Suele a todo lo atravesado con su mirada la vuelta al mundo y regresan al lugar original. Pero qué pinta ahí, se dice Travis, con el calor que hace. Ojalá le importase una jota lo que tiene delante de las narices, pero nunca lo consigue. Se baja del coche. —Disculpe, señora. ¿Se encuentra bien? Hace mucho calor. Se va a derretir. ¿No estaría mejor en casa? Le viene a la cabeza la cifra de veintitrés muertos que ha dejado ya la ola de calor. La mujer se vuelve. —¿Dónde estoy? —¿Dónde está? ¿Cómo que dónde está? —La calle, hombre, la calle. Travis duda, pero dice el nombre de la ciudad. —Ah, magnífico. Calle Doctor Fleming. Pero ¿entonces está bien, no necesita ayuda? ¿Le traigo una botella de agua? Con un solo gesto la mujer le pide que se vaya, que no la importune, que no le gustan los desconocidos, que tengan muy buenos modales y se preocupen de los demás, o no se figura Travis. En el fondo, el gesto es un incordio para una mujer que está a su aire y que está encantada de tumbarse en la calle, como un perro que busca la sombra. Entra en el coche de nuevo. Si el coche sonase menos, si no hubiese ido a arreglarle el aire, si Travis no temiera la hora máxima, y ya solo por eso no lo encendería, no pondría música, no pensaría, no pensaría mejor. Piensa que la vida le está pasando todos los días. Pero de semanas, que llega tarde y mal a todo, pero de semanas. Y no hinca en excepciones, porque si lo hicieran una, después tendrían que hacer otra, y otra, y otra, y al final lo raro sería cerrar para ir a dormir. Travis les hace un corte de manga cuando no lo ven, y se vuelve y ve dónde ha venido. Mira el reloj. Las diez y dos minutos.