Thursday, November 27, 2025

El contrabando ejemplar * Maurette



Pensé que otros estaban así, como yo, viviendo sin saber que tienen vida; que, acelerados mirando el teclado, o las baldosas cuando caminamos rápido, sin pasear, nos habrían robado los balcones con buches de paloma y todo lo que alza y antes mirábamos pareciendo no mirar nada; que el horizonte solo existía si algún humano se ponía en medio y pulsaba un botón para congelar su propia imagen con fondo crepuscular; que la mesa ya no era interfaz de conversaciones pausadas y sin móvil; que todo necesitaba teclas, micrófonos, teclas y dedos. Pensé que la razón de todo esto brillaba demasiado como para ser La razón, que era excesivamente obvia y debía haber algo más, pero de no ser la única debía tenerse en cuenta: nos han matado el tiempo. Lo han dejado sangrando aún caliente y fluyendo como sombra pegada a nuestro cuerpo. Y, muerto el tiempo, trabajamos porque parece que vivimos, pero trabajamos o preparamos ínfimos pero trabajos, o soñamos con el trabajo, o empleamos unos días para sentir que descansamos del trabajo, o buscamos trabajo, pero no vivimos. ¿Será la razón de este cansancio por la que con frecuencia nos falta el aire y nos medimos el pulso para aparentar que estamos bien mientras seguimos trabajando? Quizá miramos hacia abajo porque cargamos con los cadáveres de nuestros tiempos perdidos como si fueran parte del sujeto drenado que se hila a nuestros pies, blando y amoldándose a nuestra sombra. Con ese tiempo se han ido tantos días en los que podría afirmar que no actué sino como una autómata y fingido como una humana que es terrorífica a golpe de vistas los otros lo hayan pasado por alto, porque también a mí me ocurre con ellos. Para provocar un desvío en este bucle he tenido que alejarme cuanto he podido de mi casa, esperando que el sol infernal de un verano amplificado en un planeta enfermo quemara por dentro la piel de mi habitación, porque también mi casa ha sido usurpada por lo que se apropia del tiempo. Mi sensación es de haber escapado hacia abajo, abriendo un túnel y escarbando. He levantado la cabeza en el lugar más lejano al que he podido llegar, porque si seguía allí, en mis trabajos y rutinas diarias, habría enfermado más y me habría resultado imposible salir de la inercia productiva. Aquí he precisado encontrar un lugar tranquilo para despistar el tiempo caído en combate, quizá azulándose lentamente como quien enferma y de pronto habita ya solo en lo horizontal. Porque el tiempo que me han matado, o que con seguridad alguien me acusará de haber aniquilado yo misma, era un tiempo cargado de posibilidades para mí y para otros. Lo afirmo, pues en cada tiempo vivido realmente he podido compartir y construir cosas, incluso he experimentado hacer cosas «con sentido». Y yo quisiera hacer un hueco que ha muerto una tumba y la concentración que toda pérdida merece, pero, ante todo, la posibilidad de frenar esta aniquilación de lo que fluye. Quisiera creer que es posible recuperar mis tiempos limpios, garantizar que en lo efímero de la vida vivo, hacerlo de manera consciente, sin sortear la dificultad que supone, recuperando la pausa del rito de quien precisa despedirse y enterrar, porque en esa despedida algo termina y algo empieza. Algo que paradójicamente desearía como un «nada que hacer». Un nada que pudiera rejustar este vivir, de este poder tomar partido en lo que está pasando. He buscado un banco poco transitado en Holland Park, esquinado y rodeado de árboles y arbustos como zarzas, robles y castaños que hacen de cueva y con más simetría de lo esperable para un espacio natural. Veo en este rincón anacronismos que con seguridad gustarían a mi tiempo muerto. Aquí la tierra es casi barro por las lluvias constantes y no ha sido fácil excavar con las botas un hoyo de treinta centímetros. Al terminar, las botas casi se me han caído de los pies por el peso del barro y del cadáver del tiempo que llevaba demasiado pegado a ellas, incrustado en la suela caliente, penetrando por dos agujeros en la planta de mis pies. Lo he liberado con muchísima pena pero también con alivio, como si estuviera amputándome la expectativa concentrada de lo que pudo haber sido. Al desprenderlo ha dejado de ser blando y se ha endurecido como un cadáver resignado a serlo. Pobre tiempo. Lo he depositado con camisa de agua de lluvia y lo he tapado con barro y piedrecitas. He rezado en voz baja un poema por él. Cuando he llegado a la habitación, me parecía que las botas con agujeros por donde el tiempo muerto se derramaba en mi sombra ya no me pertenecían del todo y que traerlas en la maleta y en mi próximo viaje a Zuheros llevarlas al desván de mis padres, donde guardamos la ropa y los objetos de los que se han muerto tapados con sábanas que fueron aire, allí que las ventanas como agujeros de cueva siempre están abiertas. En la habitación voy descalza para poder brotar tiempos nuevos rebeldes frente a la culpa y la presión, pero he precisado una cura complicada para alguien incapaz de verse las heridas de los pies y que solo puede curar tocando con las yemas de los dedos, lamidas y sensibles con la carne propia. Bien pensado, si la imposibilidad de controlar mis tiempos me ha convertido en un ser mecánico o bovino, mis pies habrían precisado las curas que los veterinarios hacen de las pezuñas de vacas u ovejas, como si la pata fuera materia no viva hasta llegar a la infección que señala lo que está dañado y supura. Porque recuperar el tiempo es solo parte visible y externa de este daño que esconde una preocupante desafección con lo que hago, con lo que hacemos, como esa infección más escondida de las patas expuestas y heridas de estos rumiantes. Y cojeamos, y cojeamos, sintiéndonos dominados por las rutinas de un hacer por defecto. Pero ¿de qué manera una frenética vida-trabajo deja de sentirse vida? ¿De qué manera dejamos de sentirnos responsables de un hacer, nos desvinculamos del compromiso para que ese trabajar-hacer tenga valor y sentido para una misma y para los demás? Y no me refiero solamente al predominante valor del beneficio económico y la utilidad, sino a lo que, siendo aparentemente inútil para una vida materialista, conlleva sacudida e intensidad de espíritu, conciencia y cultura, lo que evita que una sociedad enferme y pierda el sentido, lo que, casi inefable, no es centellea y reconcilia con la vida. En gran medida aquí habita el trabajo con las palabras que reivindico, porque amo la vida y escribo, porque pienso en lo que supone trabajar y vivir y, necesariamente, disiento.